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EDGAR HERNANDEZ

Cómo son, cómo se ven y cómo quieren ser: un acercamiento a mujeres rurales mexicanas

Sara Elena Pérez Gil R. y Ana Gabriela Romero J.

Departamento de Estudios Experimentales y Rurales,
Dirección de Nutrición, INCMNSZ

 

“Uno deja de comer porque está muy lleno o muy vacío”
Película Malos hábitos de Simon Bross

El cuerpo: su acercamiento teórico y metodológico

La comprensión del  cuerpo humano ha sido tema de interés desde hace cientos de años y su significado ha variado notablemente. El estudio del cuerpo se ha convertido en la actualidad en un tema de reflexión en diversas disciplinas. En las ciencias sociales, lo que se denomina teoría social del cuerpo, el enfoque teórico-metodológico, es relativamente nuevo y es el centro de interés en temáticas y diversas especialidades, como la antropología de la salud, de la alimentación y feminista, entre otras (Esteban, 2004).

En las ciencias biológicas, la atención se dirige principalmente hacia el cuerpo como receptor de la ingesta de alimentos y de nutrimentos y su relación con el funcionamiento orgánico. Sobre este punto, México, está situado entre los principales países con mayores prevalencias de sobrepeso y obesidad;  de acuerdo con los datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición – 2018, más del 70% de los adultos mexicanos tienen un peso por arriba de lo recomendado, siendo la principal causa el alto consumo de alimentos densamente energéticos y la poca o nula actividad física (Romero, Shamah, Vielma, et al, 2019). Con respecto a lo anterior no pretendemos en este texto minimizar el problema de sobrepeso y obesidad en el país, sino que “dada la diversidad teórico-metodológica empleada para presentar el problema, entendemos que esta ideación se deriva, en parte, de una comprensión limitada –insuficiente y/o parcial– de la gordura, la alimentación y la cultura” (Gracia, 2011). Nuestro acercamiento al tema de la obesidad y del cuerpo parte de premisas teóricas distintas a las comúnmente utilizadas en la mayor parte de los estudios biomédicos  y epidemiológicos sobre el tema. Es así que comer es una necesidad primaria, y para sobrevivir el ser humano tiene que nutrirse y los alimentos, además de contener nutrimentos y energía, tienen significados. Baas, Wakefield y Kolasa en 1979 enumeraron los diversos usos que las sociedades hacen de los alimentos y por consiguiente los distintos significados que se les pueden atribuir; cabe resaltar que muchos de esos usos y significados se superponen y “hay, en términos de Toro (2003: 3), ciertas constantes que a lo largo de la historia de la humanidad parecen mantener vigencia”.

Los seres humanos eligen, jerarquizan y clasifican entre lo que tienen disponible (Contreras y Gracia, 2005; Gracia, 2005 y 2006), y, en esos momentos, los aspectos socioculturales del cuerpo y los alimentos relacionados con los valores materiales y simbólicos que se otorgan al hecho de comer y no comer cobran relevancia, cuando lo que se pretende es entender qué es el cuerpo desde otra perspectiva diferente a la biomédica.

Comer demasiado, comer poco o no comer nada, como lo expresan varios autores y autoras  suele revestirse de múltiples significados sociales y psicológicos más allá de lo nutricional, así como el peso corporal y las formas corporales que de eso se derivan pueden expresar tanto una información acerca de los hábitos alimentarios como de la personalidad, las intenciones e incluso el estatus social de las personas (Contreras, 1995; Toro, 2003; Contreras y Gracia, 2005).

Los saberes, las representaciones sociales y el género son otras de las categorías analíticas presentes en nuestras investigaciones, los primeros son relevantes en tanto que son la compleja articulación entre la práctica y la representación que si bien constituyen una abstracción en términos metodológicos, se representan y se ponen en práctica por sujetos y grupos sociales concretos; el saber no se “ve”, sino que puede ser reconstruido desde fuentes diversas (Fals, 1994; Menéndez y Di Pardo, 1996; Osorio, 2001). Y la perspectiva de género es una herramienta fundamental que ayuda comprender la construcción identitaria de los hombres y mujeres. Esta perspectiva como proceso de configuración de prácticas sociales involucra directamente al cuerpo, y eso no implica que los hechos biológicos determinen las experiencias sociales de hombres y mujeres (Connell, 1997), sino que el género existe precisamente en la medida en que la biología no determina lo social. Ser delgado se ha convertido en uno de los objetivos principales de la población de las sociedades desarrolladas, una meta impuesta por nuevos modelos de vida según los cuales la imagen corporal parece ser el único sinónimo válido de éxito, felicidad e, incluso, salud (Gracia, 2007; Toro, Walters y Sánchez, 2012). Ser una persona con obesidad constituye, en el momento actual, un auténtico estigma social, y es evidente que la presión social contra el sobrepeso y obesidad se ejerce en forma mucho más acentuada sobre las mujeres, que experimentan de modo especial la presión a favor a la delgadez, manifestado en un desmesurado énfasis puesto sobre el cuerpo, la talla y la forma (González de León, Bertran, Salinas, et al, 2009; Gracia, 2007; Contreras y Gracia, 2005; Contreras, 1995; Pérez Gil, 2009) El estigma hacia las personas obesas, entre otros, ya no son exclusivos de mujeres de las zonas urbanas, sino que comienzan a detectarse en jóvenes de algunas comunidades rurales.

Por lo que respecta a la imagen corporal, varios autores se refieren a ella como un constructo psicológico complejo, que además de incluir al cuerpo, toma en cuenta las creencias, emociones, pensamientos y conductas asociadas, es decir, es una construcción multidimensional que expresa la imagen que forma la mente con respecto al cuerpo

(Shilder, 1935, citado en Vaquero, Alacid , Muyor, 2013; Raich, 2004).

En otras palabras, la imagen corporal está influenciada por factores históricos, culturales, sociales, individuales y biológicos que varían con el tiempo y abarca múltiples dimensiones, destacándose entre ellas las de género, identidad y estima propia (Cash y Pruzinsky, 2002). Las alteraciones en la imagen corporal han sido consideradas por mucho tiempo como un problema principal y a veces exclusivo de mujeres y que probablemente ésta ha sido la causa de porqué se ha estudiado menos o se diagnostican con menor frecuencia los problemas con relación a la imagen corporal en hombres. Sin embargo, la insatisfacción corporal de los hombres ha aumentado dramáticamente durante las últimas tres décadas, de un 15% a un 43%, haciendo esas tasas casi comparables a aquellas encontradas en mujeres (Garner, 1998; Toro y Walters, 2012).  Fischler (2002) argumenta que un análisis histórico de los modelos corporales mostraría que siempre ha existido una profunda ambivalencia de las representaciones de la gordura y la delgadez y que éstas también han influido de diferentes maneras en los comportamientos alimentarios.

A lo largo de las últimas cuatro décadas, se han presentado una serie de cambios en relación con el ideal de cuerpo, tanto femenino como masculino, de tal manera que el deseo de salud,  juventud y atractivo sexual es una poderosa motivación contra la obesidad (Unikel, Bojórquez, Villatoro,  et al, 2006; Esteba, 2004; Pérez Gil, 2009; Gómez, 2002; Salazar, 2008; Saucedo y Unikel, 2010) . Por último, en cuanto al abordaje, la metodología cualitativa ha estado presente desde 2006 en todas nuestras investigaciones relacionadas con el cuerpo, adentrándonos en cómo son, cómo se perciben y cómo les gustaría ser a las mujeres de distintas zonas rurales.

¿Cuáles han sido nuestros hallazgos?

El interés por estudiar el cuerpo data, como ya señalamos, de 2006 y el primer trabajo empírico lo realizamos en comunidades de la Sierra Juárez y Costa de Oaxaca donde el Centro de Capacitación Integral para Promotores Comunitarios (CECIPROC) se encontraba realizando varias actividades como parte de un programa de investigación-acción de nutrición comunitaria A partir de ese año, la percepción de la imagen corporal, las representaciones sociales alimentarias y corporales en mujeres rurales se han convertido en líneas de investigación en el Departamento de Estudios Experimentales y Rurales de la Dirección de Nutrición del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán (INCMNSZ), y como mencionamos párrafos más arriba, la categoría de género y el abordaje cualitativo han estado presentes en todos nuestros estudios, aunque en algunos casos hemos optado por el uso de técnicas tanto cuantitativas como cualitativas como fuentes válidas de datos.

En términos generales, los estudios de nutrición sobre el tema de la alimentación y el cuerpo apuntan en tres direcciones:   la obesidad, como un problema  de  salud  pública,  particularmente  en  la  población  femenina;  el  aumento  de  otros  padecimientos  como anorexia y bulimia; y el incremento de la preocupación por el cuerpo, que lleva a transformar algunas prácticas y representaciones alimentarias no solo en población urbana, sino en mujeres de las zonas rurales. Podríamos afirmar que nuestra preocupación e interés se insertan en la última dirección, de ahí que el objetivo que ha guiado la mayor parte de nuestros estudios ha sido el de tener un acercamiento a la percepción corporal de mujeres de comunidades rurales del país, conocer cómo son, cómo se perciben, cómo les gustaría ser, así como identificar algunas de sus principales representaciones sociales sobre la alimentación y el cuerpo, y para ello, como hemos señalado, recurrimos a diversas categorías analíticas provenientes de las ciencias sociales.

La información recabada es de 564 mujeres distribuidas en 13 comunidades rurales mestizas e indígenas de 7 estados de México. El  instrumento  de  recolección  de  los  datos  fur  un  cuestionario y/o guía de entrevista  con  seis  ítems: características socioeconómicas familiares, condición de vida, composición corporal, percepción del cuerpo, saberes de las mujeres y actividades realizadas cotidianamente; la aplicación de los instrumentos de recolección de la información se realizó principalmente en los hogares y en ocasiones en los centros de salud comunitarios, donde se les pesó y midió. La  imagen  corporal  percibida  y  la  imagen  anhelada,  la  obtuvimos  solicitando  a  las mujeres que seleccionaran entre nueve figuras (Kearney,  Kearney  y Gibney, 1997). Es importante subrayar que no realizamos algún muestreo ya que obedecimos a la inclusión de “mujeres-informantes” de las diversas localidades en que consideramos se expresa el fenómeno social que estábamos estudiando, es decir, la percepción corporal y las representaciones sociales alimentarias y corporales de mujeres rurales, cuya delimitación fue determinada por el propio trabajo de campo y la información de la población femenina que cubriera nuestros dos criterios de selección: una edad comprendida entre los 15 y 60 años y que nos permitiera adentrarnos  en su “experiencia vivida”.

En suma, la preocupación por el cuerpo y sus dimensiones supuestamente excesivas parece actuar como un auténtico prejuicio, situando  en un lugar secundario al peso real, lo que aunado a la comida, ha sido ampliamente estudiado en diversas partes del mundo y en zonas urbanas de México, no así en las zonas rurales y que fue lo que motivó a preguntarnos si existe una preocupación por la apariencia en las mujeres y cuáles son sus prácticas, saberes y representacione acerca de los alimentos y el cuerpo. Por el momento en este texto solo nos centraremos en la primera interrogante.

¿Cómo son, cómo se perciben y cómo les gustaría ser?

A continuación presentamos algunos datos expresados en porcentajes para tener una idea de las tres interrogantes iniciales que han sido el eje rector de nuestros estudios sobre el cuerpo desde 2006.  Por  lo  que  se  refiere  al  estado  nutricional  de  las  entrevistadas,  es decir, cómo son, el  promedio  de  peso de las 564 mujeres fue  de  61 kg,  con  un  rango  de  35  a  133  kg,  el  de  estatura  fue  de  1.50 metros con un mínimo de 1.34 m y un máximo de 1.77 m y el índice de masa corporal (IMC) fue de 27, con una variación de 16.4 a 48.8. Dividimos a la población femenina según su edad y apreciamos lo siguiente: el  grupo etario con  mayor  porcentaje de delgadez se ubicó entre las mujeres de 20 y 24 años, seguidas por las de 25 y 29. El  grupo  de  menores  de  19  años  presentó  el  porcentaje  más  alto  con  normalidad  y esta disminuyó conforme aumentó la edad. Respecto al sobrepeso, el  grupo  que  registró  un  mayor  porcentaje  fue  el  de  35  a  39  años,  siguiéndole  los grupos  de  50  a  54  y  el  de  45  a  49.  Situación  semejante  fue  la  obesidad,  ya  que  el mayor número de mujeres con este padecimiento fueron las que tenían más de 40 años (Pérez Gil y Romero, 2018).

Al interrogar a las entrevistadas acerca de cómo se percibían, en los grupos más jóvenes localizamos los mayores porcentajes de mujeres que se perciben con un grado de delgadez, pues de 54 mujeres diagnosticadas como delgadas (9%),  la  cifra  aumentó  a  140 (24%). En  los  nueve grupos de edad, la percepción de normalidad osciló entre 40% y 50%, es decir, casi la mitad de todas las mujeres consideran que tienen una figura normal, ya que de 186 mujeres calificadas como normales (33%), la cifra de quienes se percibían en este rubro  se  elevó  a  264  (46%).  Respecto  a  la  percepción  del  sobrepeso, el porcentaje más alto se registró en el grupo de 50 a 54 años, y el menor en las menores de 19 años. Sin embargo, los grupos de 20 a 54 años no presentaron grandes diferencias.  Observamos   una   disminución   en   el   número   de   mujeres clasificadas  con  sobrepeso  y  las  que  así  se  percibieron,  de  166  calificadas  en esta categoría el número disminuyó a 103 que se percibían como parte de ella.

En relación con el cuerpo  que   les   agradaría   tener, o sea cómo quieren ser,  encontramos que porcentajes  por  encima  del  36%  en  los  nueve  grupos  de  edad  seleccionaron  una figura  delgada  y  más  del  30%,  una  figura  normal.  Las  jóvenes menores  de  19  años fueron  el  grupo  donde  se  registró  un  porciento  mayor  de  anhelo  a  la  delgadez, mientras  que  las  mujeres  entre  45  y  49  años  y  20  y  24  desearon  la  figura  normal. Queremos  resaltar  que  algunas  mujeres  seleccionaron  figuras  con  sobrepeso y  obesidad.

Ahora bien, por lo que respecta a si existe coincidencia entre cómo son y cómo se preciben, o se sobrestiman o subestiman, apreciamos  que  de  las  186 mujeres calificadas  como  normales (cómo son),  45%  coincidieron  con  la  clasificación asignada  y  el  mismo  porcentaje  se  subestimó.  El  sobrepeso  y  la  obesidad  solo  se percibió en 15 mujeres (8%) de las 186 mujeres clasificadas. En cuanto a aquellas que presentaron delgadez, solo el 35% concordaron al expresar cómo se percibían: más de la mitad se sobreestimó seleccionando la figura considerada como normal y, alrededor del 10%, se identificó con algunas de las figuras de más peso. Por lo que se refiere  al  sobrepeso:  alrededor  de  la  quinta  parte  de  las  166  mujeres  se  percibieron dentro de este rubro, es decir, coincidieron; 58% se subestimaron al elegir la figura de normalidad y 16% se percibieron como delgadas, esto es, las tres cuartas partes de  las  entrevistadas  con  sobrepeso  se  subestimaron.  Por  último,  del  total  de  las mujeres  que  fueron  calificadas  como  obesas,  el  26%  coincidió  en  su  percepción, mientras que en una tercera parte se observó subestimación por percibirse normales, y el tercio restante se percibió con sobrepeso.

Relacionamos además la coincidencia, sobrestimación y subestimación entre como son y cómo les gustaría ser a las mujeres y encontramos que  de  las  186  mujeres  registradas  como  normales, un  número, ligeramente  mayor  expresó  su  deseo  de  ser  más  delgada.  En cuanto a las entrevistadas con delgadez, el  38%  asoció  su IMC  con  su  deseo  y  el  resto  manifestó  que  les  gustaría  tener  un cuerpo  con  un  IMC  normal.  De  aquellas  mujeres  diagnosticadas  con  sobrepeso  y obesidad, alrededor de la mitad anhelan un cuerpo calificado normal y el resto, delgado. Lo  anterior nos  indica  que  conforme  se  incrementa  el  peso  corporal  en  las  mujeres,  el deseo por ser más delgada aumenta.

¿A qué llegamos?

Aún cuando encontramos una elevada incidencia de sobrepeso y obesidad registrada, al compararla con la de las últimas encuestas nacionales de nutrición, resultó menor. La edad fue un determinante en el incremento de la obesidad al comparar la proporción reportada en el grupo de mujeres jóvenes con las de mayor edad. En cuanto a la percepción de la imagen corporal subrayamos la no coincidencia entre el IMC y la percepción: la normalidad aumenta, el sobrepeso y la obesidad disminuyen; un ejemplo de esto es el descenso tan drástico de mujeres que habiendo sido calificadas con sobrepeso y con obesidad se percibieron con menos peso. La coincidencia, que no necesariamente es la aceptación de su cuerpo, la detectamos en solo la tercera parte de la población femenina encuestada. El resto de las mujeres calificadas como normales se percibieron delgadas, o sea, se subestimaron; las consideradas con delgadez se sobreestimaron al percibirse con normalidad; las mujeres con sobrepeso se subestimaron al percibirse normales y algunas delgadas; y las clasificadas con obesidad se subestimaron por percibirse normales o con sobrepeso.

En síntesis, la subestimación en la percepción corporal resultó ser el componente que prevaleció en gran parte de las mujeres calificadas con normalidad, sobrepeso y obesidad, mientras que las delgadas, aquellas que no coincidieron con su peso, se sobreestimaron. Esto representa una diferencia con respecto a otros hallazgos, los cuales mencionan una sobreestimación del peso en más de la mitad de la población analizada,  aunque en las investigaciones realizadas en las comunidades rurales mexicanas no se ha profundizado en este aspecto, avanzar en la comprensión de lo que se denomina la cultura de la apariencia o de la imagen, es necesaria.

La inclusión de la percepción corporal y el ideal del cuerpo en los programas de alimentación y nutrición son relevantes cuando se busca prevenir ciertos trastornos como sobrepeso, obesidad, anorexia y bulimia. Los significados que tienen para las mujeres el acto de comer o no comer determinados alimentos o productos “buenos para transformar el cuerpo”, de igual manera, son centrales para la programación de las acciones o estrategias en este campo. Sin embargo, no debe olvidarse que los hombres también buscan controlar su cuerpo a través de dietas y ejercicio físico, y lo que sucede con ellos en las zonas rurales ha sido poco investigado en México (Romero, Pérez Gil y De la Rosa, 2017). Por ello, es necesario continuar realizando estudios sobre el tema de la imagen corporal desde una perspectiva de género, con el propósito de identificar las similitudes o diferencias entre hombres y mujeres en tres de las áreas definidas como centrales en el uso del cuerpo, la alimentación, el ejercicio físico y el cuidado estético.

Por último, llamamos la atención al tema de las figuras utilizadas, pues es un hecho que durante la aplicación de las encuestas la elección de los modelos o figuras en muchos de los casos fue arbitraria. Resulta difícil extraer conclusiones definitivas, ya que algunas mujeres manifestaron no haberse puesto a reflexionar sobre su cuerpo y, menos aún, enfrentarse al hecho de tener que seleccionar una silueta entre nueve modelos. Lo anterior se reflejó durante las encuestas cuando varias mujeres mostraron asombro y dudaron en el momento de tener que elegir una de las figuras. Elaborar y utilizar siluetas más afines a la realidad rural de México es una tarea pendiente ya que una distorsión de la imagen corporal puede ser un determinante en la adopción de ciertas prácticas alimentarias de riesgo. No se desestima la prevalencia de obesidad en los hombres, no obstante, este padecimiento es más estigmatizado en las mujeres, lo que las hace más vulnerables a adquirir cierto tipo de prácticas riesgosas.

La imagen corporal que cada persona tiene -lo reiteramos nuevamente-, y en este caso las mujeres, es una experiencia fundamentalmente subjetiva. Adentrarse en la subjetividad requiere partir de premisas epistemológicas y metodológicas diferentes de las que parten la mayoría de las investigaciones y acciones nutricionales inmersas en el modelo médico biologicista dominante. Es necesario reflexionar acerca de esto, si lo que se pretende es modificar aquellas prácticas alimentarias catalogadas como perjudiciales para la salud.

 

 

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LA LECHE DE ANIMALES AL PASTOREO TIENE UNA GAMA MÁS

UNA INVESTIGACIÓN MEXICANA HA DEMOSTRADO LA INFLUENCIA EN EL METABOLISMO.

 

La leche siempre ha formado parte de la nutrición humana y por sus características nutricionales se considera un alimento casi completo, es decir, capaz de aportar la mayoría de las sustancias que nuestro organismo necesita.

Sin embargo, la leche no solo no es siempre igual; sino que también se considera, en opinión general un alimento graso, para ser consumido con moderación. Muchos consumidores buscan alternativas a la leche entera a partir de los productos desgrasados ​​o semidesgrasados.

En los últimos años se han realizado numerosos estudios con el objetivo de identificar los factores que más inciden en la calidad de la leche. En particular, se prestó gran atención a la peculiar presencia en la leche de compuestos bioactivos como péptidos, CLA, ácidos grasos de cadena corta, PUFA y polifenoles capaces de tener un efecto beneficioso sobre la salud humana.

Su presencia en la leche depende principalmente del tipo de dieta que se asigne o se le permita seleccionar a los animales, ya que la mayoría de estas moléculas bioactivas se sintetizan o son biotransformadas en el animal a partir de precursores presentes en las plantas. Garantizar la abundancia de estos compuestos es la base de las estrategias a aplicar para obtener producciones de alta calidad.

Los ácidos grasos poliinsaturados, incluidos los diversos isómeros de ácido linoleico conjugado (CLA) y los polifenoles son conocidos por sus efectos beneficiosos sobre la salud humana, en particular, están implicados en la prevención de enfermedades metabólicas y cardiovasculares.

Estas propiedades fueron evaluadas en el estudio de Delgadillo-Puga et al. (2020), en el que los autores determinaron los efectos protectores de la ingesta de leche sobre frente a las anormalidades metabólicas derivadas de la obesidad inducida por dieta.

En este trabajo se administraron dietas altas en grasa (32%) en 4 grupos de ratones, de los cuales 3 (grupos I, II, III) recibieron hasta 60% de leche cabra caprina.

Los tres tipos de leche de cabra integrados en las dietas diferían en su composición en ácidos grasos y polifenoles según el sistema de alimentación adoptado (dieta convencional – dieta de pastore/ramoneo – dieta convencional con 30% suplemento de Acacia farnesiana). A continuación, los resultados obtenidos se compararon con un quinto grupo de ratones (grupo control o grupo V) con una dieta con tan solo 7% de grasa.

El objetivo de los autores fue comprobar cómo la integración de diferentes calidades de leche modifica los efectos derivados del estrés metabólico provocado por una dieta alta en grasas. Entre los muchos aspectos investigados, se decidió informar lo siguiente:

  • El aumento de peso
  • Los valores de triglicéridos
  • Resistencia a la insulina
  • Las características del tejido adiposo
  • El gasto energético
  • La prevención del hígado graso

Los resultados obtenidos muestran que la integración de la leche de cabra redujo el aumento de peso y específicamente en la masa grasa, así como el valor de los triglicéridos circulantes.

La resistencia a la insulina se midió con la prueba ipITT (prueba de tolerancia a la insulina intraperitoneal) cuyos resultados revelaron que los ratones alimentados con dietas suplementadas con leche de cabra (grupos I, II, III) tuvieron resultados comparables a los del grupo control (grupo V), mientras que fueron mas altos los valores de ratones con una dieta alta en grasas sin suplementación (grupo IV).

Estos resultados muestran que la leche de cabra reduce la intolerancia a la glucosa asociada a las dietas grasas, previniendo así la hiperinsulinemia.

Las características del tejido adiposo se analizaron mediante exámenes histológicos. De estos surgió una reducción significativa del tamaño de los adipocitos de los grupos de ratones con dietas enriquecidas con leche (grupos I, II, III) y un aumento relativo de la hidrólisis de triglicéridos, incluso mayor que el grupo control.

Todos los resultados mencionados anteriormente fueron particularmente evidentes en dietas enriquecidas con leche de cabra alimentada en pastoreo/ramoneo o con suplementos de los frutos de Acacia farnesiana. La razón de esta diferencia radica en la abundancia de polifenoles, MUFA y PUFA en este tipo de leches, que se manifiesta en la prevención de la obesidad y el síndrome metabólico

Los efectos beneficiosos de la leche de cabra sobre el perfil metabólico de los ratones, a pesar del consumo crónico de una dieta alta en energía, indican que la leche de cabra contiene moléculas particulares capaces de modular el metabolismo y las vías inflamatorias de varios órganos. Por tanto, el uso de leche de cabra, o más en general, la leche de animales alimentados en pastoreo/ramoneo, es una estrategia no farmacológica para mejorar las alteraciones metabólicas inducidas por una dieta alta en grasa.

En conclusión, los autores se preguntaron:

Para lograr los mismos efectos metabólicos positivos que se observaron en ratones, ¿cuál debería ser el consumo diario de un adulto promedio que pesa alrededor de 60 kg?

Aplicando el método basado en el cálculo de la superficie corporal se estimó que la dosis equivalente corresponde a 1.4 – 2.8 vasos (250 ml por vaso/día) de leche fresca de cabra por día.

Es importante subrayar que la leche consumida no debe ser descremada porque es en la fracción lipídica donde están presentes las sustancias responsables de los efectos positivos en la salud. Por lo tanto, al comprar leche y derivados, la elección no debe orientarse hacia un producto más magro o sin grasa, sino que se deben preferir alimentos de granjas extensivas o al menos capaces de garantizar una nutrición adecuada para los animales.

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