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COVID19

HAMBRE, INSEGURIDAD ALIMENTARIA Y COVID-19 EN AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE.

Luz María Espinosa Cortés
Dpto. Estudios Experimentales y Rurales.
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán

La expresión más extrema de inseguridad alimentaria es el hambre crónica que se vinculan a la pobreza extrema y estas tres condiciones se deben a las desigualdades que se expresan en la exclusión social en un país.
Estos problemas sociales en América Latina y el Caribe (ALC) se han profundizado con la pandemia de COVID-19 provocada por el virus SARS-COV-2,1 que desaceleró la economía mundial, desestabilizó a las economías nacionales y condujo al desempleo por las medidas de cuarentena2, de modo que para finales de 2020, el total de personas pobres,3 según estimaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), pudo haber ascendido “a 209 millones, 22 millones de personas más que el año anterior. De ese total, 78 millones de personas se encontrarían en situación de pobreza extrema, 8 millones más que en 2019”. (2021a: 30). Este panorama plantea a los gobiernos de la región de ALC, entre ellos de México, el reto de reorientar sus políticas públicas para alcanzar 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que integran la Agenda 20304, entre los que se encuentran señala el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la erradicación de la pobreza en todas sus formas, alcanzar el hambre Cero, la reducción de las desigualdades, entre otros (s.a).

Ahora bien, en este ensayo reflexiono sobre la triada pobreza, hambre e inseguridad alimentaria en el marco
de la pandemia de COVID-19 en América Latina y el Caribe caracterizada por elevados niveles de desigualdades.
El tema es complejo porque cada problema social es multicausal, estructural, dinámico y dialéctico, por lo que es difícil profundizar en unas cuantas páginas, y más en el contexto de la actual crisis sanitaria, que como dice Luiselli (2020), de las crisis económica y climática, por lo que solo expongo algunas ideas.

Asimismo conviene aclarar de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés) que a nivel internacional la seguridad alimentaria/inseguridad alimentaria en los hogares se mide a través de la Escala de experiencias de inseguridad alimentaria (FIES por sus siglas en inglés) el acceso de las personas y los hogares a los alimentos.5 (FAO, s.a). Los datos obtenidos con la FIES por ser experiencias dan una idea de incertidumbre e insuficiencia del ingreso corriente (Félix-Verduzco, Aboites y Castro (2018), pero no explican las causas de la pobreza, inseguridad alimentaria y hambre, sobre las que hay que indagar.

Las preguntas que sirven de hilo conductor en este trabajo son las siguientes: ¿Cuáles son las causas de la inseguridad alimentaria y el hambre? ¿La pandemia de COVID-19 impedirá alcanzar el Desarrollo Sostenible de Hambre Cero, erradicar la pobreza y las desigualdades? Para responder a estas dudas revisé la literatura de los organismos internacionales: FAO, CEPAL y PNUD….

Para León, Martínez, Espíndola y Schejtman (2004), la experiencia de inseguridad alimentaria y de pasar hambre son fenómenos estrechamente relacionados con la pobreza extrema, aunque no son asimilables porque: “Una alimentación insuficiente para el desarrollo de una vida normal e inadecuada desde el punto de vista nutricional, afecta no solo a quienes viven en condiciones de extrema pobreza sino también a estratos más amplios y grupos que residen en determinadas zonas o regiones en cada país”. (p.7). Estos mismos autores afirman en otra parte de su trabajo que “ser pobre no es imperativo para que un hogar sea considerado en situación de inseguridad alimentaria” (p.75) debido a que los no pobres pueden percibir algún grado de inseguridad alimentaria, pero son las personas y los grupos con menor poder social, económico o político a quienes se les dificulta el acceso físico, social y económico a suficientes alimentos inocuos y nutritivos, y son ellas quienes más sufren de hambre o malnutrición. Asimismo, según estudios realizados en varios países por ejemplo en Perú, Nueva Zelanda, México, Pakistán, la prevalencia de inseguridad alimentaria es más alta en los hogares con bajos ingresos encabezados por mujeres, que en los encabezados por hombres. (Félix-Verduzco, Aboites y Castro, 2018).

Hossain, (2017) coloca en el centro de su análisis el ejercicio de poder como creador de las desigualdades alimentarias y nutricionales vinculadas a otras desigualdades como las étnico-raciales y por razón de género.

Por eso, “todo enfoque destinado a combatir el hambre debería primero examinar cómo el poder actúa en el sistema alimentario” (Hossain, 2017, p. 6) y cómo afecta a los distintos grupos sociales. Con frecuencia niñas, niños y mujeres de los hogares pobres y en extrema pobreza sufren la desigual distribución de alimentos (Hossain, 2017). Junto a este problema de desigualdad, en América Latina y el Caribe, las poblaciones indígenas y afrodescendientes en las zonas urbanas y rurales marginadas viven también estas experiencias.

En cuanto a los determinantes o impulsores que conducen la inseguridad alimentaria y acentúan al hambre estructural o generan hambre coyuntural,6 Food Security Information Network (FSIN) señaló a los conflictos, la inseguridad, la violencia localizada o crisis política; la crisis climática y los desastres antropogénicos y naturales como sequías, plagas, inundaciones, huracanes, terremotos); shocks macro o microeconómicos (hiperinflación, descenso económico, caída del poder adquisitivo, desempleo); las crisis alimentarias y de salud mundiales y locales, entre otros. (FSIN, 2019, p. 6). Cada uno de estos eventos o en interacción impacta de modo diferenciado el acceso a los alimentos en cada país y localidad. Un ejemplo es la pandemia de COVID-19 que llegó a los países subdesarrollados, específicamente a América Latina y el Caribe, en un contexto de crecimiento desacelerado, profundas desigualdades y vulnerabilidad, creciente pobreza y pobreza extrema con un sistema de salud debilitado, insuficiente inversión en salud pública, debilitamiento de la cohesión social y manifestaciones de descontento popular y creciente inseguridad alimentaria y hambre. (Comité de Seguridad Alimentaria y Grupo de Alto nivel de Expertos, 2020).

En los países de esta región, los problemas estructurales se agravaron con las medidas de cuarentena, por ejemplo, aumentó el desempleo y subempleo (con agudas brechas laborales de género) sobre todo de las mujeres, cayó el poder adquisitivo, se redujeron las remesas en algunos países y se afectó la alimentación y nutrición de las personas con bajos o nulos ingresos (pobres, pobres extremos, migrantes y desplazados).

(Comité de Seguridad Alimentaria y Grupo de Alto nivel de Expertos, 2020; CEPAL, 2021b; CEPAL, 2021c; Global Network Against Food Crises, 2020). Este grupo de población tiene menos capacidad de afrontar o adaptarse a la crisis (Comité de Seguridad Alimentaria y Grupo de Alto nivel de Expertos, 2020, p.3), y menos posibilidad de acceder a dietas saludables o nutritivas. Herforth, Bai, Venkat, Mahrt, et al. (2020) señalan que para llevar estas dietas se requiere ingresos más altos y redes de seguridad más amplias, así como precios más bajos para una variedad de artículos nutritivos [trad. LMEC]”. (p.64).

La FAO (s.a. Escala de…) señala que ante el costo elevado de las dietas saludables, la población pobre y vulnerable tiende a reducir la calidad de la dieta y satisfacer “sus necesidades de energía alimentaria consumiendo alimentos hipercalóricos [que tienen alto contenido de grasas, azúcares o sal] más baratos y de baja calidad, por ejemplo, o recortando otras necesidades básicas, lo cual puede tener consecuencias negativas para su salud” (p.7). Headey y Alderman (2019) señalan en su estudio sobre los precios de alimentos saludables y no saludables, que con algunas excepciones “la mayoría de los alimentos nutritivos son costosos en los países de ingresos bajos. Los huevos y la leche fresca, por ejemplo, a menudo son 10 veces más caros que los alimentos básicos con almidón en términos calóricos [trad. LMEC]” (p. 2031). Los mismos autores señalan que en países donde la producción avícola y de huevo es a mayor escala, los precios se reducen. Lo mismo sucede con los alimentos de hojas verdes.

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